Opinión

El Fondo Monetario y América Latina

19 enero, 2018 | 12:00 am

Países que suben y países que bajan en sus economías

 

Colombia crece 1.7% y Venezuela decrece en -12%

 

Cuáles son las perspectivas

 

 

Luis José Hernandez

 

 

El informe del Fondo Monetario Internacional advierte sobre la situación negativa en las economías del mundo.

 

Y en el caso de América Latina, dice que mientras países como Argentina y Colombia crecen moderadamente, la economía venezolana cayó -12% en 2017.

 

Sin embargo, para muchos países las perspectivas de crecimiento de más largo plazo son menos alentadoras. Las fuerzas laborales que envejecen, el crecimiento más lento de la productividad y las cargas de deuda más elevadas desde la crisis ensombrecen el panorama. Por ejemplo, el crecimiento anual per cápita en las economías avanzadas promedió el 2,2 % en los diez años posteriores a 1995, y naturalmente se hundió luego de la crisis; pero inclusive, entre hoy y 2022, el crecimiento anual per cápita solo alcanzará el 1,4%, según proyecciones del Fondo Monetario Internacional.

 

A falta de cierto crecimiento no previsto de la productividad, el actual rebote en las economías avanzadas, inevitablemente se moderará: el crecimiento se desacelerará en tanto se ajusten las políticas monetarias y las condiciones financieras, y los países se vean obligados a consolidar las finanzas públicas, agobiadas por deudas gubernamentales elevadas y un gasto creciente en pensiones y atención médica. A su vez, un crecimiento general más lento hará que resulte más difícil contrarrestar el lento crecimiento salarial, especialmente entre los trabajadores no calificados, lo que agravará la carga de desigualdad y de resentimiento resultante. Muchas economías de mercados emergentes y de bajos ingresos también enfrentarán vientos en contra.

 

Los responsables de las políticas económicas en todo el mundo, por lo tanto, enfrentan dos desafíos importantes. Primero: ¿pueden tomar medidas para impulsar los niveles de producción en el más largo plazo? Segundo: ¿pueden aumentar la resiliencia e inclusión de sus economías y, al mismo tiempo, reducir la probabilidad de que la recuperación actual termine en una desaceleración abrupta o inclusive en una nueva crisis?

 

Estos dos desafíos están estrechamente vinculados. Las condiciones económicas favorables de hoy ofrecen una ventana de oportunidad para políticas que puedan enfrentar a ambos. La clave para mejorar las perspectivas de crecimiento a largo plazo y de justicia percibida es invertir en la gente. La inversión educativa aumenta la productividad de los trabajadores y la capacidad de transitar una transformación estructural, ya sea como consecuencia del comercio o de la tecnología.

 

Es más, los programas de formación pueden ahorrar recursos que se pierden por el alto desempleo juvenil, a la vez que la orientación y la recapacitación puede prolongar la vida laboral. Por el contrario, una inacción en estas áreas sería desestabilizadora, ya que las perspectivas laborales débiles y las desigualdades de ingresos alimentarían un rechazo más fuerte por parte de los votantes del multilateralismo en las relaciones internacionales y de las políticas económicas prudentes en casa.

 

A pesar de lo esenciales que son estas inversiones, requieren desembolsos fiscales. Para evitar inflar cargas de deuda pública que ya son elevadas, los gobiernos tendrán que reformar los regímenes tributarios, mejorando los ingresos sin desalentar el crecimiento. Deberían diseñarse sistemas impositivos que aumenten la inclusión, sobre todo promoviendo la participación de la fuerza laboral. Y los ciudadanos tendrán más confianza en la justicia del sistema si se cierran los canales para la evasión impositiva, utilizados por las grandes corporaciones y los ricos.

 

También es necesaria una mayor resiliencia económica para fomentar la confianza. A medida que se van desvaneciendo los recuerdos de la última crisis financiera, la inestabilidad financiera plantea una creciente amenaza. Muchos países mejoraron sus marcos macroprudenciales después de la crisis, inclusive aumentando el capital y la liquidez de los bancos. El período prolongado de bajas tasas de interés luego de la crisis, sin embargo, ha llevado a una búsqueda de rendimientos y a un crecimiento de la deuda global que podrían resultar problemáticos para algunos deudores una vez que aumenten las tasas de interés.

 

Varios estudios económicos, inclusive del FMI, sugieren que aun si los auges de deuda están asociados con un crecimiento más rápido en el corto plazo, suelen acabar mal. Algunos países deben controlar el crecimiento excesivo del crédito y reducir o eliminar los subsidios fiscales a la emisión de deuda, mientras que otros siguen necesitando resolver el problema de los préstamos incobrables que dejaron las recesiones anteriores. Los países deberían fortalecer la supervisión financiera, así como la cooperación regulatoria internacional, evitando así una carrera hacia el abismo en materia de política prudencial.

 

Las economías emergentes y de bajos ingresos enfrentan algunos desafíos que se asemejan a los de las economías avanzadas. Los líderes de China, por ejemplo, han reconocido los desequilibrios en el sistema financiero del país y están tomando medidas para resolverlos. Pero varios de los desafíos son distintos. Más allá del reciente rebote de los precios de las materias primas, los países que producen materias primas necesitan diversificar las exportaciones de sus economías para respaldar el crecimiento futuro.

 

Como la recuperación actual es amplia, también es el momento oportuno para tomar medidas en una gama de prioridades multilaterales. Probablemente la más urgente sea desacelerar el cambio climático a largo plazo, que resulta de la dependencia de los combustibles fósiles.

 

La investigación del FMI demuestra lo vulnerables que son los países de bajos ingresos al probable incremento de la temperatura en lo que queda del siglo, aún si el acuerdo climático de París de 2015 logra su objetivo de mantener el alza de la temperatura en menos de 2°C sobre los niveles preindustriales. Pero las economías avanzadas también son vulnerables, inclusive a través de los efectos de la inestabilidad política y de la inmigración masiva que se origina en las regiones más cálidas. Les conviene abrazar objetivos de emisiones más ambiciosos y favorecer los esfuerzos de adaptación de los países de bajos ingresos.

 

“Reconocen como efecto positivo el fortalecimiento de la economía mundial, resultado de un mayor crecimiento de la demanda doméstica en los países avanzados, en China y en otras economías emergentes grandes. Reconocen también, como efecto negativo, que los precios de varias materias primas importantes para América Latina y el Caribe continuaron débiles en buena parte del segundo semestre de 2017. Con ese contexto, de acuerdo con el FMI, Colombia terminará 2017 con una tasa de crecimiento de 1,7 % frente a un crecimiento de América Latina y el Caribe de 1,2 %. Esta comparación con toda la región, sin embargo, no debería ser usada por nuestro gobierno con ánimo triunfalista. La tasa de crecimiento colombiana (1,7) —en términos porcentuales— será quizás superior a la proyectada para Brasil (0,7), Chile (1,4), Ecuador (0,2) y, por supuesto, Venezuela (-12), afectado por una severa crisis política y económica. Pero también está la lista de algunos países suramericanos con tasas superiores: Argentina (2,5), Bolivia (4,2), Paraguay (3,9), Perú (2,7) y Uruguay (3,5). Además, la proyección de crecimiento para México es 2,1 %, y para un grupo de países centroamericanos, conformado por Costa Rica, República Dominicana, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Panamá, el FMI espera un crecimiento promedio de 4,1 % para este año. Más importante que la referencia coyuntural con economías cercanas geográficamente —en algunos casos con similitudes productivas— es que la región, en general, ha estado marcada por su dependencia al comercio con Estados Unidos y a los vaivenes de los precios de las materias primas. Esto ha condicionado por mucho tiempo el desempeño económico de la región al norteamericano y a mercados internacionales, en los que la región tiene poco poder. Ninguna de las economías latinoamericanas parece tener consolidada o garantizada una agenda de crecimiento y competitividad que mitigue la vulnerabilidad a los choques de la economía internacional. Y es triste ver que los gobiernos colombianos piensan menos en una estrategia efectiva de crecimiento y competitividad que en tratar de convencernos de que, por crecer 1,7 y no 1,2 %, ‘en el reino de los ciegos, el tuerto es el rey’”.

 

 

 

 

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